Pedaleando por el Valle de Punilla, Córdoba
(fines de julio de 2010)
Llegábamos a Capilla del Monte un poco antes de lo esperado, los días estaban muy fríos producto de una ola polar en toda Argentina con nevadas inusuales en varias localidades (Salta por ejemplo). Es estos días volvería a rodar en la bici por los caminos argentinos y Silvana empezaría a hacer sus primeras armas (teníamos un antecedente pero en Mardel yendo a Laguna de los Padres aunque los desniveles de aquí tendrían su sello distintivo).
Habíamos reservado en el hostel Los 3 Gómez, estaba muy lindo y compartimos con diferentes personajes los distintos espacios. De todos modos no hubo demasiados turistas en esos días en Córdoba, quien sabe por qué.
Capilla es conocida por estar al pie del cerro Uritorco, uno de los más altos de Córdoba y el mayor del valle de Punilla, y su fama de ser un sitio de avistajes de ovnis. De por sí, su vista es imponente. Otras de las particularidades de Capilla es la calle techada, legado de una antigua exposición que decidieron conservar como atractivo.
Nuestra primera jornada fue a pura caminata, nos llegamos hasta la pared del dique El Cajón, observando el lago artificial y su descarga en el río para luego perderse en una quebrada. Nos sorprendió, cuando agarramos la callecita para el dique, la variedad de aves y la gran cantidad de nidos en los secos arbolitos, también se podía deducir de donde venían los vientos más fuertes por las bolsas de nylon que colgaban de sus ramas. Por el mismo rumbo queda el zapato, una ingeniosa forma que no parece tan natural, se ve un poco de cemento “en su suela”, impidiendo que se termine la atracción al venirse abajo. Antes de almorzar nos reímos con una llama que no quería fotografiarse con Sil.
Con tranquilidad seguimos la caminata hasta la base del Uritorco, observando la vegetación arbustiva, las casas a ambos lados y unas cuantas cabañas. Nos llamó la atención el tronco de un arbolito (ya sin ramas ni hojas) pintado de violeta, similar a otros que vimos frente a la plaza central.
Al día siguiente fuimos a buscar a La Pacha y Ranacleta bis (nuestras bicis que previamente habíamos mandado desde Mardel) pero aún no habían llegado, así que tomamos el micrito de línea (el clásico Mercedez Benz 1114) hasta la base del Uritorco, ya esta vez para intentar alcanzar la cumbre. Previas indicaciones y pago de la entrada al parque privado (si…privado) comenzamos el lento ascenso, mejor día no creo que fuera posible pedir, fresco pero de un cielo inmaculado. Una a una fuimos pasando las diferentes estaciones de descanso y ganando altura…disfrutando los diferentes puntos panorámicos. La última parte, más rocosa y de más pendiente, presentaba vestigios de reciente nevada y el blanco hacia difícil distinguir las marcas del camino correcto.
Una cruz coronaba la cumbre con la vista de la ciudad allá abajo.
Ninguna aparición sobrenatural ocurrió ante nuestros ojos, salvo la energía de tan majestuoso macizo. Por suerte el sendero lo encontramos bastante limpio salvo que en cada descanso había una especie de basurero de piedra repleto de botellas de plástico vacías y basura. Creo que no cuesta nada bajar con los desperdicios que uno genera (el problema de la basura en general es que uno se desliga de éste cuando deposita su bolsita).
La cima estaba un poco ventosa, pero al reparo disfrutamos una siestita reparadora luego del almuerzo. Daba risa la cantidad de perros escaladores que cruzamos en el trayecto. Tardamos en bajar lo mismo que en subir, un gran número de piedras flojas y el cansancio eran para tener en cuenta. Había que cuidar los tobillos.
Lentamente fuimos acercándonos al pueblo en esa tarde soleada. Compramos un pan casero, nada mejor para recuperar energís
Al día siguiente teníamos programado comenzar la pedaleada pero no nos daban garantía de que llegaran las bicis y para poner la cuota de incertidumbre un accidente en la ruta había retrasado los servicios de bus, había que esperar. Nos fuimos a la plaza a tomar unos mates cuando vimos pasar el micro en el que supuestamente venían, cruzando los dedos y Sil invocando la fuerza de duendes y ovnis, nos llegamos a la Terminal para descubrir con alegría que sí habían llegado. Hurra!!!
Rápidamente calzamos las alforjas y partimos cerca de 1 pm hacia San Marcos Sierras por un camino de ripio de poco más de 22 km., un precioso camino poco transitado que comienza bordeando el perilago del dique El Cajón y transcurre entre quebradas de poca altura. El estado del camino era aceptable, alternando con subidas, bajadas, curvas y bastantes serruchitos. Me llamó la atención el silencio reinante en el camino, ni lo pájaros se oían piar (un caso más del éxodo hacia lo urbano jejeje). Paramos a comer en la entrada de un sitio llamado La Posta del Silencio, ¿sugestivo no?
Estábamos a mitad de camino. Seguimos pedaleando hasta un mirador, ya comenzando a desandar el último tramo, que fue todo bajada…bajada que pedía velocidad pero las piedras flojas había que respetarlas (y había muchas en ese caracol hacia el pueblo). A lo lejos se veía el embalse de Cruz del Eje.
Ni bien recorrimos las primeras cuadras de sus callecitas de tierra nos dimos cuenta de lo lindo del lugar. El Hostel San Marcos era una vieja casona de dos plantas con un lindo parque. Tomamos unos mates, recuperándonos del cansancio, en un amplio balcón, bajo la tibieza del sol, ya comenzando a caer. Que tranquilidad, que paz.
San Marcos Sierras tiene magia. El río de igual nombre lo cruza aunque cerca pasa el río Quilpo. Hacia allá fuimos en bicicleta al día siguiente, luego de recorrer una callecita en la cual los árboles forman un túnel vegetal muy lindo. Llegamos a la ribera del Quilpo, en un lugar llamado Las 3 Piletas. El río serrano era bien transparente y tenía fama de templado. El relax era bárbaro aunque en verano debe ser bastante bullicioso por la gente. Por la tarde nos tomamos unos mates en la placita, con muchos niños, algunos jugando a la pelota, otros paseando en burrito (de alquiler)…mucho color, que se completaba con la feria artesanal, al costado de la vieja iglesia, donde probamos el patay: el mantecol de los pueblos originarios, de excelente propiedades para la salud y de un dulzor y sabor particular, hecho con la vaina de la algarroba, fruto del algarrobo.
Luego subimos hasta el cerro de la Cruz, mirador de donde podíamos apreciar el murmullo “urbano”.
La caída del sol nos convocó en el hostel al lado del calor del fuego del hogar, donde Leonora y Leonardo nos enseñaban a tejer con los dedos y ha trenzar lana sobre dos palitos armando un curioso mini-tapiz mientras escuchábamos Vilca. Esta parejita vivía en San Vicente y eran educadores siguiendo lineamientos de la pedagogía Waldorf y la antroposofía. Nos vimos enriquecidos por sus experiencias y su calidez humana.
El día anterior nos habíamos cruzado con Carolina, una compañera de cuando íbamos al grupo de circo en la biblioteca municipal, allá por el 2000. El mundo es un pañuelo, jejeje. Andaba visitando a unos amigos que vivían allá.
Estábamos tan a gusto en el lugar que nos dimos tiempo para el arte culinario, sabor y sencillez.
Por esos días Capussoto y Luis Luque habían lanzado la avant premiere de “Pájaros Volando” filmada en el pueblo.
Retomamos los pedales despidiéndonos de SMS (San Marcos Sierras jejeje), el día había amanecido gris. No intentamos el camino hecho cuando vinimos de Capilla para esquivar esa larga bajada (que sino deberíamos subir). Ana María, la dueña del hostel, nos había mencionado un camino de ripio (12 km.) hasta Charbonier, para luego seguir por la ruta 38 hasta Capilla del Monte (12 km. más) ahorrándonos unos 20 km que lleva hacer el camino que toman los transportes. Pero no contábamos con esa bruta subida a casi 45° de pendiente, un zigzagueo duro e interminable, lo que habíamos querido esquivar estábamos padeciéndolo. Tenía cantitos para arengar a Sil (huevo…huevo…huevo/que somos?? Tiburones!!/al infinito…y más allá) pero el horno no estaba para bollos y si se me hubiera escapado alguno de ellos Sil hubiera buscado la piedra más grande para arrojarme por la cabeza jejeje. Nos costaron muchísimo esos 12 km.
Llegamos a la ruta y después de descansar y reponer un poco de energías continuamos. Cada tanto tenía que inflar la rueda trasera porque había pinchado pero pude llegar a Capilla sin cambiar la cámara. El objetivo era llegar a La Cumbre, paramos en la plaza de Capilla a comer una vianda y decidimos retomar el camino al día siguiente. Estábamos cansados y un poco de viento comenzó a darnos frío. Volvimos a los 3 Gómez y después de una reparadora ducha caliente salimos a caminar, se había despejado y este caminar despreocupado por las calles nos mostró un poco más el color del lugar. Pasamos por Pueblo Encanto, una especie de antiguo emplazamiento veraniego con disposición medieval, el castillo separado de donde estaba la plebe, gran cantidad de olivares y demás cosas que no vimos pues no nos atrajo pagar el precio de la entrada.
Seguimos caminando en ese atardecer y casi por casualidad desembocamos en el Ovni, un parador al costado de la ruta que nos había llamado la atención cuando pasamos en bici desde Charbonier. Un alienígena en la puerta daba la bienvenida. Dentro la salamandra daba calorcito mientras degustábamos cerveza artesanal (tenían una verde que no probamos) y un EXQUISITO sándwich de crudo y queso totalmente artesanal, inclusive el pan. Nos dieron a probar también “café” de algarroba…muy rico. Nos volvimos reconfortados, caminando por la banquina de la ruta, mientras el lucero, la primera estrella de la noche, nos hacia un guiño.
Luego del desayuno, al día siguiente, partimos hacia La Cumbre, tomamos el desvío hacia Los Cocos, una leeeeeenta subida. Interesante lugar, conocido por sus laberintos vegetales aunque despiertan curiosidad un par de antiguos monasterios y las lujosas casas que veíamos. Ya un poco agotados esperábamos la aparición de Cruz Grande y Cruz Chica previos a La Cumbre. El camino era hermoso, bien forestado con añosos árboles. Pero estaba todo tan pegadito que por suerte llegamos a La Cumbre sin darnos cuenta.
En el hostel La Cumbre, la salamandra atemperaba la hermosa sala. Una gran casa típica de la ciudad devenida en hostel, una larga entrada con la casona al fondo. Luego de acomodarnos fuimos a recorrer el lugar. Comimos en la placita y después subimos hasta el Cristo Redentor desde donde se domina la panorámica de la zona. Repetiríamos la ascensión al día siguiente para despedir al sol por entre los cerros.
En el hostel nos volvimos a encontrar con Leonardo y Leonora y su paz. Había bastante gente y la administración era nueva…nos encontró la noche sin gas para cocinar (por suerte nos bañamos temprano) y sin luz (había ocurrido un corte general en la ciudad pero al restablecerse no había ocurrido lo mismo en el hostel). Momento de salir a comer afuera ejjejej.
En la siguiente jornada nos llegamos con las bicis hasta Cruz Chica donde estaba El Paraíso (como la denominaba su dueño), la casa-museo de Manuel Mujica Lainez, escritor y periodista del diario La Nación. Salimos muy maravillados viendo parte de su ecléctica personalidad que se reflejaba en cada ambiente con los objetos que lo matizaban: “como no pude ser arqueólogo, me dedico a ser coleccionista de objetos” decía él. Objetos de diferentes culturas (muchos invaluables por su historia), escritos, libros por doquier (tenía un incunable del Amadís de Gaula), dibujos y caricaturas de él, pinturas…objetos personales. Como he mencionado en otro relato, conocer invita a leer, se abría la puerta a una parte de su obra literaria: El escarabajo, Bomarzo, Cecil (especie de autobiografía relatada por su mascota, su perro)...
Era temprano y comenzamos a andar por el áspero ripio del “camino de los artesanos” aunque estos se encuentran más al final del camino, así que un pedal aquí otro más allá y llegamos a Villa Giardino donde nos regalamos un heladito. La vuelta la hicimos por la ruta y por suerte llegamos rápido. En el hostel había llegado desde Córdoba una parejita en bici (Villa Alende hasta Cosquín por el Pan de Azúcar y después La Cumbre) y charlando nos comentaron del tren de las sierras que unía Cosquín con Córdoba capital así que modificamos el destino del día siguiente (para otra vuelta quedaría unir La Falda con Río Ceballos por el camino del cuadrado).
El camino estuvo tranqui y con mayoría en bajada, entramos a Cosquín, famoso por el festival de folclore de alcance nacional y ahora con su contraparte de rock. El río homónimo cruza zigzagueante la ciudad.
A mitad de camino, en La Falda, habíamos tomado la avenida Edén en un lento subir, hasta el viejo hotel de igual nombre (el viejo hotel nació primero). La visita guiada resulto de lo más interesante a pesar de estar por demás deteriorado el hotel producto del saqueo que ocurrió durante diez años en los que estuvo cerrado, en manos del azar (y de los ladrones). Historias de viejo esplendor, de cómo la ciudad fue creciendo a la luz del hotel. Visitantes ilustres como Rubén Darío (compuso un poema dándole con un caño a la aristocracia allí reunida, cosa que no gustó y no lo invitaron más jejeje). Simpatías hacia los dueños (eran alemanes) por parte de Adolf Hitler agradeciendo su aporte para el crecimiento del partido nacional socialista. Terminamos en la cava del hotel donde aprendimos a hacer hielo a falta de freezer y bajo principios netamente físicos. Degustamos vino patero, mistela y vino de miel o hidromiel. Interesantes historias nos contó el guía.
Volvamos a Cosquín…el hostel estaba copado, con las paredes con pinturas. Al llegar lo encontramos desierto:-pasen y siéntanse como en su casa, nos decía el dueño por teléfono. A la hora llegó una chica que nos tomo los datos. Al día siguiente, cuando nos fuimos, dejamos las llaves y la plata que le debíamos en el hornito de barro , eso es confianza en el prójimo.
Cosquín se presentó tranquilo pero nos gustó. Costaba creer que la plaza Próspero Molina, donde se desarrolla el festival fuera de solo una manzana. Por la noche, la cruz iluminada del Pan de Azúcar, la principal altura de la zona, daba reminiscencias al Cristo Redentor de Río de Janeiro.
Pensábamos despachar las bicis para Mardel desde aquí, pero solo nos las tomaban completamente embaladas en su caja original, una locura. Por suerte, al día siguiente, las pudimos subir al tren de las sierras, solamente tuvimos que sacarles las ruedas. El tren tiene siempre su onda. La modorra de la tarde nos hacía cabecear mientras recorríamos los primeros tramos. Pasamos por el lago San Roque… de este lado, de aquel lado… Villa Carlos Paz. Paramos unos minutos en una estación, donde vendían unos panes planitos, semejante a las deliciosas tortillas de Tilcara. Unas nenitas ofrecían manojos de hierbas serranas…qué ojitos tan tristes por Dios. El tren terminaba su recorrido cerca del centro así que tuvimos la entrada triunfal en la capital pero hubo que hacerlo con sumo cuidado…demasiada locura.
Fuimos directo al hostel Backpackers. Ahora si concluíamos la pedaleada, unos 140 km y gran cantidad de ellos sobre ripio, lo cual no es moco e’ pavo.
Por la noche nos encontramos con compañeros de trabajo en la pizzería Don Luis, amigos de la vida de los cuales solo nos conocemos por hablar telefónicamente mientras intentamos hacerle andar Speedy al cliente. Jorge, Calita y su niña, Juli, Abelito, Canarinho, Alejandro. Estuvo copado, luego unas cervecitas por Alta Córdoba y al sobre.
Ya era hora de volver (lamentablemente jajaja), nuestro último día lo dedicamos a recorrer la hermosa Córdoba, su rico patrimonio arquitectónico, bien conservado por cierto, la mayoría recientemente restaurado. Por la tarde nos dejamos llevar por una visita guiada en la Manzana Jesuítica. Un fugaz refresco de la memoria de historia aprendida (y a veces olvidada) del paso jesuita en América, datos que ayudan a comprender muchas cosas. Recorrimos una de las más antiguas iglesias construidas en Argentina en pie, detalles de su construcción. Parte de los libros escritos por la Compañía en aquella época: incunables, una gran Biblia escrita en 7 idiomas, muchos textos escritos en dialecto de los pueblos originarios. Comprender porque fueron expulsados, el inmenso poder que habían logrado, su lealtad a Dios primero que al Rey.
Quedan en nuestro ser cosas lindas vivdas en estas tierras, el olorcito a leña cuando caminabamos por las calles, los dìas hermosos y azulados, el esfuerzo al pedalear...gracias por todo. Gracias. Volveremos por más.