Lo que cuesta un Perú: Trujillo y el lago Titicaca
(agosto de 2005)
Ya pasó poco más de 5 años de este viaje, la primera vez que salía del país y la primera que me subía a un avión. Así como casi todo viajero que visita este hermoso país tiene como principal premisa visitar Machu Picchu, nosotros no eramos la excepción, era la razón de ser de este viaje. Llegamos a Lima un sábado, nos estaba esperando Chevo y en taxi nos acompaño hasta la estación de bus, el destino era al norte del país: Trujillo. Omar y Marta, los padres de Sil habían sido bailarines del teatro Argentino de La Plata y recién casados habían recibido una propuesta de formar y dirigir el ballet de la ciudad de Trujillo. Muchos amigos y ex alumnos habían quedado en la ciudad y nos estaban esperando.
Recuerdo las costas arenosas y desérticas mientras el sol se iba por el océano Pacífico. Ya la noche estaba comenzando a andar cuando llegamos a esta linda ciudad con rasgos muy coloniales.
Nos agasajaron con una cena, fue muy fuerte y emocionante para Sil ya que se encontraba con parte de su historia personal, ya que sus padres habían vivido 10 años en el Perú… gente que conocía de oídas o por fotos. Luego nos fuimos a la noche trujillana, música en vivo y con deleite vimos como una pareja bailaba la marinera, baile típico del Perú. Un poco de salsa, un par de cervezas y a dormir, la jornada había sido intensa.
Fernando, nuestro anfitrión, nos despertó con el desayuno, bien cargadito. La primera vez que probaba la papaya y su exquisito jugo.
Rápidamente nos pusimos en movimiento, a recorrer se ha dicho. Nos encontramos con Jeannette (también ex-alumna) y su hijo. Primero fuimos a la Casa de la Cultura donde daban clase los padres de Sil. La sala de ensayos llevaba el nombre de Omar y una foto coronaba la sala, ¡que jovencito!
Después fuimos a las ruinas de Chan Chan (no es el final de un tango), ciudadela pre-incaica en barro, parte de ella reconstruida.
Luego anduvimos por los sitios arqueológicos de la Huaca del Sol y la Luna, recorriendo la segunda. Diferentes niveles son hoy minuciosamente estudiados. Es como que cada tanto se sellaba lo construido y se volvía a construir encima (una cebolla arquitectonica) dando paso a una nueva era o dinastía. La huaca del Sol se veía destruida en parte y comentaban que en época de la conquista, dado que las construcciones eran en barro, los conquistadores habían desviado el río Moche para que socavara la construcción y dejar al descubierto las posibles riquezas en oro o plata que contuvieran (¿saqueo?). Por allí andaba merodeando un pichicho muy especial, el viringo o perro peruano, áspero y sin pelos y de una temperatura corporal impresionante, lindo para calentar los piecitos en invierno.
Nos dirigimos luego hasta el pueblo balneario de Huanchaco, donde observamos los conocidos caballitos de totora, pequeñas canoas de junco usadas en la pesca y para paseos. Y como era un viaje de primeras veces tocamos el frío Pacífico y si bien no hacia frío no daba para meterse. Y en tanto recorrer había que comer algo. Una excelente cazuela de mariscos apenas nos dejo lugar para encontrarle el sabor al clásico peruano: el cebiche (frutos de mar cocidos al limón). Acá me encontré con el picante peruano, un pequeño recipiente estaba en el centro de la mesa, me preguntaba que tan picante sería y lo probé apenas con la punta del cuchillo, ayyyyy Diosito, fuaaaaa. Debut y despedida del picante peruano.
Casi sin haber estado 24 hs y de aquí para allá, volvimos a Lima donde nuevamente nos esperaba Chevo, una dulzura de persona que también había sido alumna de Omar y Marta, para llevarnos al aeropuerto. Próximo destino: Cusco.
Llegamos al “ombligo del mundo”, centro del imperio incaico. Una ciudad maravillosa. El hospedaje lo había conseguido Sil por internet, en el barrio San Blas, barrio de artistas decían, a pocas cuadras de la plaza de armas central, pero las últimas cuadras eran en empinada subida por calles empedradas. Recién llegado a Cusco la altura pasaba factura con algunos agudos dolores de cabeza. El pampa Gaitán (compa del trabajo) nos había contactado con Francisco, con quien contratamos el Camino del Inka y la excursión al lago Titicaca. Pudimos compartir unas charlas y dejarnos llevar por sus consejos.
Solo hubo tiempo para una siestita ya que a la noche estábamos tomando el bus para el puerto en la ciudad de Puno desde donde recorreríamos el majestuoso Titicaca, uno de los cursos navegables de mayor altura del mundo.
Llegamos con el sol comenzando a salir y embarcamos junto a gran cantidad de turistas europeos. Mientras nos alejábamos de Puno, nuestro guía no comentaba como curiosidad que la parte norte de la ciudad hablaba quechua y la sur aymará (más cerca de Bolivia).
La primera parada fue en la increíble comunidad de los Uros, con la particularidad de que viven sobre islas flotantes construidas sobre totoras y juncos. Los habitantes son de corta estatura pero de ancha espalda, gracias a las continuas inmersiones para desenterrar las raíces de los juncos, que luego, al flotar, son unidas y amarradas; el tallo, previamente separado de la raíz, es colocado en la superficie del islote (una gran esterilla). Un flash caminar por estos islotes. La embarcaciones son también hechas de ese material, adornadas de tal modo que me hacían acordar a las imágenes de los drakkar vikingos. Ante existía una sola isla que luego de una gran crecida del lago quedó dividida en muchos islotes. Hasta truchas criaban en un pequeño estanque dentro del islote.
Seguimos avanzando hasta una de las 2 islas de la parte peruana del Titicaca: Amantani. Representantes de las familias donde dormiríamos nos fueron a recibir. Nuestro cuarto era rústico pero muy confortable y con una vista privilegiada al gran lago. Luego del almuerzo y de la infusión de muña-muña (de gusto símil a la menta) nos concentramos en la canchita de fútbol donde hasta gradas había más no verde césped. Comenzamos un fatigosa subida hasta el templo en la parte más alta de la isla (arriba de los 4000 mts) desde donde se puede acceder por varios caminitos. Hay distintos asentamientos pero comparten costumbres y gobierno comunal aparte del templo para las festividades. La vista era espectacular. Para la cena no queríamos comer en la habitación así fue que nos acercamos a la cocina, queríamos un contacto más cercano. Allí nos encontramos con la abuela de la familia cocinando, solo hablaba quechua. Comimos ahí, felices. Uno de los hijos vivía en Juliaca y se dedicaba a la curtiembre y exportaba al Reino Unido. Nos preguntó cuánto nos habían cobrado y nos invito para venir gratis la próxima, solo tendríamos que pagarnos el pasaje del barquito.
Esa noche había fiesta, nos dieron las vestimentas típicas y a bailar, que polvareda se levanto, mamita!!! La gente de la comunidad también estaba ahí.
Al día siguiente arribamos a Taquile, la otra isla, donde la vestimenta típica lucía diferente.
Nos quedamos una noche en Puno y comenzamos lo que sería una constante en nuestros viajes: visitas a los mercados y a los comedores donde iba la gente del lugar, buena comida y barata. Por 3 soles entrada (gran plato de sopa), plato principal y pequeño postrecito y a veces con una infusión de hierbas. Era una risa que te servían todo junto, esa primera vez nos mirábamos sorprendidos. Afuera pululaban los cholo taxis, motitos o bicis con capacidad para llevar 2 personas.
Nos volvimos a Cusco, parando en un templo dedicado a Viracocha primero y luego en el pueblito de Andahuaylillas donde hay una capilla muy curiosa denominada la Sixtina americana, decorada en su interior con frescos a cargo de exponentes de la denominada escuela cusqueña, pintores americanos que debían pintar imágenes religiosas pero que se las ingeniaban para poner detalles de su cultura: alguna que otra chakana (la cruz andina), algún sol (en homenaje al Inti)...
al llegar solo tuvimos una noche de descanso, se venía uno de aquellos momentos inborrables: conocer el Machu Pichu.